La llegada al mercado de peluches con inteligencia artificial ha revolucionado la industria del juguete. Presentados como el antídoto perfecto al tiempo de pantalla, estos juguetes prometen conversaciones y juegos interactivos. Sin embargo, detrás de la atractiva premisa de un compañero de juegos “inteligente”, se esconde una compleja realidad que merece un análisis detallado. Como experto en IA con más de 5 años de experiencia, he seguido de cerca la evolución de estas tecnologías y puedo decir que la innovación es fascinante, pero no exenta de riesgos, especialmente cuando se trata del desarrollo infantil.
La conversación ha sido el epicentro del aprendizaje y la socialización durante milenios. Desde que un bebé balbucea sus primeras sílabas hasta que un niño explora el mundo con sus preguntas, el diálogo es el vehículo principal para construir vínculos, entender el entorno y desarrollar habilidades cognitivas. La gran pregunta que surge con estos peluches es: ¿qué sucede cuando un dispositivo, por muy tierno que sea, ocupa nuestro lugar en esa conversación?
Curio y el dilema de Grem: ¿realmente alejan de las pantallas?
La startup Curio es una de las pioneras en este espacio, y sus peluches, como Grem y Grok, han captado la atención global. Un reciente artículo de la periodista Amanda Hess para The New York Times puso de manifiesto el dilema que enfrentan los padres. El 20 de agosto de 2025, Hess probó el peluche Grem con sus hijos, con la promesa de que la interacción con el juguete reduciría el tiempo que pasaban frente a la televisión y la tablet. La experiencia, sin embargo, arrojó una conclusión reveladora: sin su módulo de voz con IA, los niños jugaron con el peluche de la misma manera, y una vez que la novedad se desvaneció, simplemente volvieron a sus pantallas.
Este caso práctico es fundamental porque nos obliga a cuestionar la premisa principal de estos productos. La promesa de «menos pantalla» puede ser un señuelo para familias con preocupaciones legítimas sobre el uso excesivo de la tecnología. No obstante, al cambiar una pantalla por una presencia tecnológica, aunque sea más amable y blanda, se refuerza la idea de que toda curiosidad infantil debe ser resuelta por un dispositivo. Es un cambio de forma, no de fondo.
El impacto de los peluches con IA en el desarrollo infantil: atención, autonomía y relación
La introducción de un peluche que habla y responde a las preguntas de un niño no es un acto neutro. Su impacto se manifiesta en varios frentes del desarrollo infantil.
Primero, la atención. Un peluche que propone juegos y llena silencios, como haría un presentador, capta el foco y marca el ritmo de la interacción. Esto puede desplazar el espacio para la exploración libre y el pensamiento divergente, que son cruciales para el desarrollo de la creatividad.
Segundo, la autonomía. Si un niño se acostumbra a que el juguete responda a todas sus preguntas, puede volverse dependiente del guion del dispositivo, en lugar de aprender a formular sus propias hipótesis o a buscar respuestas de forma independiente.
Tercero, la relación. Quizás este sea el punto más crítico. El diálogo es la forma en que los niños construyen y mantienen relaciones. Si el peluche ocupa el rol de principal interlocutor, el padre o cuidador puede quedar relegado a un segundo plano, perdiendo la oportunidad de participar activamente en el juego y el aprendizaje de su hijo.
¿Qué deben considerar los padres antes de comprar un peluche con IA?
El debate sobre los juguetes con inteligencia artificial no termina con una prohibición. La tecnología puede ser una herramienta poderosa si se usa de manera consciente. Por ello, es esencial que los padres analicen cuidadosamente sus motivaciones y las características del producto antes de tomar una decisión.
En primer lugar, definir el propósito. Si la idea es tener un juguete que entretenga en momentos puntuales y controlados, un peluche con IA puede ser una opción. Sin embargo, si la expectativa es que reemplace la interacción humana o sirva como una “niñera” tecnológica, es probable que se genere más dependencia de la que se pretende resolver.
En segundo lugar, observar la interacción. Es fundamental que los padres estén presentes durante el juego para entender cómo el niño se relaciona con el peluche. Si notan que el juguete los está apartando del juego o que la dinámica no es saludable, deben reajustar o incluso apagar la función de voz.

Separar el marketing de la realidad: ¿menos pantallas de verdad?
El marketing de estos juguetes a menudo se apoya en la promesa de reducir el tiempo frente a las pantallas, una meta loable y alineada con las recomendaciones de la OMS. No obstante, es crucial ser críticos. La periodista Hess nos dio un ejemplo claro: el mero hecho de que un peluche pueda funcionar sin su módulo de voz es un indicio de que su valor reside en el juguete mismo, no en la tecnología que lo acompaña. Es vital que los fabricantes ofrezcan métricas de uso claras, modos sin conexión y, sobre todo, controles parentales robustos que permitan establecer límites y silenciar el dispositivo.
Un detalle que vale la pena mencionar es la coincidencia de nombres. La empresa Curio vende un peluche llamado Grok, el mismo nombre que el chatbot de Elon Musk, pero sin relación alguna. Esta homonimia puede generar confusión y falsas expectativas sobre las capacidades técnicas o las políticas de datos del juguete. Es un ejemplo de cómo el ruido en las búsquedas puede complicar la toma de decisiones informadas.
El debate sobre los peluches con inteligencia artificial está en sus primeras etapas, y sin duda veremos más productos y estudios en los próximos años. Por ahora, el consejo más sensato que podemos dar es centrar su uso en momentos cortos, mantener el control sobre la conversación y recordar que, al final del día, el vínculo y el aprendizaje más significativos se crean con la voz y la presencia humana.